21 Jul 2014

La boda de Alberto y Marina: El montaje vol.1

¡Sorpresa! Hoy, cuando hace exactamente un mes de nuestra boda, he decidido decir adiós a nuestros álter egos «Mr A» y Martina, para que todos nos conozcáis por nuestros nombres, que ya hay confianza. . Estoy segura de que esta decisión gustará mucho a nuestras madres.

Puesto que las fotos oficiales de mi nuestro gran bodorrio se van a retrasar un poquitín -cosas de casarse en temporada alta-, y no queremos presionar a la fotógrafa porque lo que en realidad queremos con fuerza es que salga un buen trabajo -cosa que por otro lado no dudamos de Toñi-, hoy os voy a contar cómo fue el montaje de #labodadeAM, del que oficialmente se encargó de fotografiar nuestra amiga y dama de honor Silvia Orduna. Podéis visitar su web aquí porque, aunque no se dedica a esto profesionalmente, hace unas fotografías preciosas que sin duda deben ser vistas por todos.

Peeero, tampoco ella ha podido procesar aún sus fotos -un gran ooooh…-, así que hoy os ilustro el post con unas fotos más «reguleres» que fuimos haciendo con nuestros móviles, y queda pendiente que veáis más sobre el montaje con fotos bonitas.

Pero, ¡basta ya de hacerme de rogar! ¡vamos al lío!

Como ya os adelanté el pasado lunes aquí, nuestra boda duró 72 maravillosas horas, que se distribuyeron en «montaje», «fiestón» y «desmontaje». Para el montaje, lo sencillo hubiese sido contratar a un equipo de profesionales que se encargara de todo, pero ¿quien necesita eso, si tiene un grupo de amigos tan entregado como lo tenemos nosotros?

A las 3 de la tarde del viernes 20 de junio, ya estábamos todos camino de Las Malvasías -el sitio donde se celebraría la boda-, con una actitud y una predisposición que ya quisieran muchas empresas para sus trabajadores. No me voy a cansar nunca de decir lo fantástico que son nuestros amigos.

Tras descargar las cajas que llevábamos, y enseñarles las que ya estaban allí, nos dimos un chapuzón en la piscina para refrescarnos y coger fuerzas antes de empezar con el trabajo duro.

Mientras nos secábamos, llevé a la piscina los preciosos botes que servirían de vasos donde beberíamos el gin lemon que pusimos para refrescar a nuestros invitados durante el cócte, y los 200 corazones mint atados a sus respectivas cuerdas rústicas que debíamos colocar en la rosca de cada bote. Estos corazones de los que os hablo son los que instagrameé esa semana y por los que me preguntasteis muchos.



Foto de Instagram de Sofv

Por suerte para nosotros, de la iluminación, tal y como os conté en este post, se encargó el equipo de electricistas que trabaja para el catering, quienes fueron a montarla el miércoles antes de la boda. Esa misma noche, Alberto -uy pues sí que se me hace raro llamarlo por su nombre aquí- y yo fuimos a ver cómo había quedado todo. De nuestras caras al accionar el interruptor de encendido no pude hacer fotos, pero creedme cuando os digo que nos pareció pura magia. Fueron 5 minutos diciendo «ooooh!!» «ooooh» «oooooh»…

De lo que sí nos teníamos que encargar nosotros, era de poner los casi 200 metros de banderines -éstos que os conté que había hecho allá por febrero del año pasado, y que podéis recordar aquí– y que hubo que colocar entre los árboles, encima de donde se colocarían las mesas para la cena. Era el toque que le faltaba al espacio para parecer una «auténtica verbena de pueblo».

Mientras Alberto, Jaime, Jesús, Dani y Quino montaban los banderines, que por cierto quedaron de lo más profesional, Diego, David y otro Dani, clavaban los carteles indicativos en el poste y lo colocaban en su sitio. Aún recuerdo los gritos de «Marina!! ¿el fotomatón dónde lo vas a colocar? ¿y la limonada? pero, ¿dónde están los aseos?» Yo estaba bastante lejos de donde los estaban poniendo y allí todo se hablaba a gritos xD. También quedó perfecto ¿o no?

Las tareas de las féminas fueron mucho más delicadas. Nosotras sólo tratamos con flores. Nuestro cometido fue meter paniculata y la lavanda que llevaba secando toda la primavera, en los 500 botes que había decorado junto con mi madre y mi prima Jeru, y que adornarían las mesas de la cena, las sillas de la ceremonia y otros rincones de la boda.

Cuando terminamos, así los dejamos, todos recogiditos en cajas, dentro de una de las habitaciones, con sus flores bien colocaditas.

Y para poco más nos dio la tarde del viernes. De nuevo un bañito en la piscina, cena y copitas, aunque no muchas, que había que reservarse para el gran fiestón del día siguiente. Además, a las 9 de la mañana llegarían los del catering para comenzar con el montaje de todo lo demás.

Os prometo que estuve súper tranquila todo el día y, hasta estos preparativos, los disfruté al máximo. Estoy harta de leer que el día antes de la boda hay que descansar, desconectar y relajarse pero, de verdad os digo, no se me ocurre dónde mejor que allí podría haber pasado mi último día de soltera, rodeada de mis amigos, con mi novio, entre risas y payasadas. Un ambiente perfecto. Sí, se me podría haber roto una uña y podría no haber estado perfecta el día de la boda, pero ¿qué importancia tiene eso frente a vivir los momentos que pasamos aquella víspera del 21 de junio?

Los nervios ya llegarían al día siguiente a eso de la 1 de la tarde para ser exactos, y por un motivo que bien los merecía. Suerte que me duraron apenas 2 horitas, y que de nuevo volví a disfrutar de nuestro día. Pero todo esto os lo contaré en el vol.2 del montaje de #labodadeAM.

¿Me esperáis?

¡Atención, curiosidad! Llevo un mes casada y aún no he dicho ni una sola vez «mi marido». Y éstas son las cosas en las que una piensa, muy interesante todo.

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